17 junio 2012

Un paseo tranquilo

Me despierto como me he despertado siempre: dando vueltas en la cama, sin ganas de levantarme y esperando que sea una pesadilla y no haya sonado el despertador. Después de abrir los ojos y, para mi desánimo, comprobar que no era un sueño, estiro bien los músculos entumecidos por el largo descanso, me pongo las chanclas de ir a la piscina - no soy de llevar zapatillas - y me comporto como una persona normal, es decir, hago todo lo que haría cualquiera al levantarse.

Ya estoy. Llaves, móvil, mi mp3 de hace mil años pero que funciona mejor que cualquiera nuevo de hoy en día y la chaqueta, por si me entretengo más de lo esperado y me atrapa la fresca de la noche.
Avanzo rápida, con pasos aparentemente seguros y decididos, la cabeza alta y los ojos clavados en el final de lo que alcanzo a ver, como si nada a mi alrededor me importara, reafirmando esa supuesta seguridad. Pero no se a donde voy. Ya hace cinco minutos que mi mente se ha desprendido de la realidad que la rodea y sueña veloz, recibiendo los estímulos del exterior y deformando estos a su antojo.
En mi descabellada realidad ficticia: las miradas de la gente que pasa por mi lado son miradas de asombro y sorpresa, mientras les esquivo o esquivo cualquiera cosa que me encuentro en el camino con una agilidad digna de un gato salvaje y sin la necesidad de mirarlo antes si quiera y, dejando que mi imaginación siga su curso, creo diálogos de libros de aventuras y me hago protagonista, de manera disimulada, no vaya a ser que alguien se de cuenta y me tomen por loca.
Un vagabundo despista mis aventuras en la ciudad. Acomodado en el césped de un pequeño jardín al final de la calle por la que me encuentro bajando, me mira con suspicacia, y sospecho que se ha dado cuenta de mi habilidad por crearme aventuras inexistentes con la gente de mi alrededor. En el instante en que se cruzan las miradas mi imaginación descubre a alguien interesante. Una persona que a aprendido a vivir a la sombra de la sociedad, recibiendo miradas hostiles y rechazos de todas clases. Observa a las personas y localiza aquellos que no tienen escrúpulos, son egoístas y necesitarían una pequeña lección de valores, para poder ayudar a la mano del destino a darles esa lección, cosa que le da una supuesta felicidad.
En realidad, es un héroe de a pie, lleva la marca de la valentía grabada en su rostro de ojos negros como la noche, con la mirada orgullosa y penetrante, unas facciones duras y cuadradas, con la piel seca y agrietada por los cambios de temperatura sufridos a la intemperie, y la cantidad de historias que debe guardar su, aun que disimulada, picardía.
Al llegar a su altura sigo mi camino, ya que quedarme mirándole fijamente podría resultar, si mas no, incomodo. Tal vez sea un héroe, o tal vez un simple hombre desdichado de su felicidad, por alguna estupidez cometida en su pasado o por falta de valía para afrontar alguna situación complicada de la vida, o quién sabe, como todos los que pasamos por su lado no me he molestado en preguntarle y sea como sea, sus momentos de gloria en mi cabeza ya se han terminado.

Después de este tranquilo paseo por la ciudad, dejo que las piernas me lleven hasta casa, para seguir con una vida tan normal.

rbk

2 comentarios:

Asfare dijo...

No sabría si colgar un comentario excesivamente crítico y elaborado, o uno simple y conciso en el que unicamente diga algo loable sobre este post. Por tanto y, sin embargo a la vez. Hablaré sobre los temores de la sociedad. Somos solo sombras, tristes sombras que reflejan nuestra alma. Nos fundimos con otros sin darnos cuenta.
Cuando hay demasiada luz a nuestro alrededor nos perdemos en nosotros mismos.
Cuando estamos a oscuras, no podemos localizarnos. Debemos aprender a querer a nuestra sombra.

Rebeka dijo...

Siempre sorprendiéndome con tus comentarios =)

Merci!

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